El feroz altavoz devoró al pequeño e ingenuo pollo, que mal rollo. Acto seguido lo vomitó entero, el pollo respiraba ajetreado por el mortal miedo que lo poseía. El altavoz se carcajeó, su risa resonaba en la vieja fábrica produciendo un eco que le confería un tono todavía más aterrador.
Entonces entró él... un chico jóven y peludo, cuyo pelo de las axilas brotaba como lianas en tupida selva, arrastrándose por el sucio suelo y adquiriendo así más masa. El muchacho, al ver al pobre pollo asustado y bañado en saliva, corrió hacia la escena agitando sus lianas axilares al viento, listo para usarlas como arma. El altavoz quedó sorprendido, pero no por ver al peludo muchacho empuñar sus poderosos cabellos axilares como arma, sino por ver que el objetivo del loco pardo no era él.
Con un movimiento exageradamente rápido lanzó la liana axilar como si de un tentáculo se tratara y empaló al pollo por el ano, reventándolo a la vez que éste profería un terrible grito mezcla entre agonía y placer. La liana de pelo, que tenía trozos de metal pegados, rasgó el ano del pobre pollo, produciendo una terrible herida de la que brotaba sangre y mierda a partes iguales. El nauseabundo olor le hizo vomitar repetidas veces sobre el pollo, que murió deshecho en sus ácidos estomacales.
El joven, al ver lo que había quedado del pollo, decidió que el mejor homenaje sería chupar los ácidos bañados en los restos deshechos del pollo, cosa que se apresuró a hacer antes de que se evaporaran. Chupó y chupó, bebió y bebió hasta tuvo la lengua en carne viva y del pollito no quedaba más que una húmeda carcasa viscosa. Entonces, se percató que el edor de la mezcla le resultó tan embriagador que empezó a revolcarse y restregarse por el suelo como un poseso, ansioso por adueñarse del exquisito perfume.
Y tanto se restregó, que su cuerpo se desgastó de la fricción contra el suelo, fundiéndose en uno con el pollo. El feroz nigromante apareció y con su dura varita hizo que de los restos se alzara un terrible pollo gigante con enormes pelacos bajo sus alas. El pollazo empezó a picar al feroz altavoz sin dilación hasta que, sin aviso previo, explotó, lanzando al nigromante y su varita a los cielos. El feroz altavoz no sobrevivió a la explosión avícola y el nigromante... el nigromante acabó violado por una manada de pollos salvajes comandados por el mismísimo Dios de los Cielos.